El mundo real está repleto de lágrimas y dudas, lleno de preguntas cuyas respuestas jamás encontraré. Algunas personas afirman que los sueños son lugares donde puedes escapar de los problemas de la cotidianidad, pero yo creo que si algo es lo suficientemente doloroso te perseguirá no importa en donde te atrevas a ocultar.
Traté de hacerme amiga de las estrellas y la luna, creyendo que su bella melancolía podría curar la mía. Sin embargo, la noche se convirtió en mi enemiga, obsesionada contigo me persigue con los ecos de nuestro amor, a pesar de que ya van dos meses que te alejaste sin luchar, te llevaste tus cosas y hasta la cafetera que nos regaló mi mamá.
Malvada y egoísta le grité a la noche esperando una respuesta por parte de todas esas almas nocturnas que nada escuchan, pero sienten todo. El reloj marca las tres de la mañana y la lluvia azota contra mi ventana como si entendiera mi malestar. He tratado de evitar este momento, durante días evité la cama y los bostezos, me prometí no ceder ante Hipnos, porque sé que el peor sentimiento del mundo es despertar y darse cuenta de que solo fue un sueño y nada fue real. Se que mañana despertaré y te extrañaré un poco más, lloraré cuando me dé cuenta de que no pude salvarnos y que tu corazón le pertenece a alguien más.
Me pierdo en mis pensamientos y siento como mis parpados se comienzan a cerrar. Los hechizos de la noche me envuelven y mi mente pierde las cadenas de la razón para adentrarse entre los laberintos de miedos y anhelos que alguna vez llegaste a amar. No sueño con ovejas, duermo con fantasmas.
Lo primero que siento es la familiaridad del mármol a mis pies. Abro mis ojos y la belleza del lugar me obliga a olvidar mi tristeza y a caer embelesada como la primera vez. Grandes ventanales de colores iluminan y llenan de vida las paredes cubiertas de recuerdos congelados dónde no se ausentaba la felicidad. Hago lo mismo que ayer y que el día que comencé. Sonrío porque todo el salón huele a esa extraña de mezcla de café y mar que tenías al despertar. Camino lentamente observando cada momento grande o pequeño que pasamos juntos, pensando que sigo viviendo en aquel tiempo donde tu risa sincera me arrullaba cada vez que alguno de mis chistes salía mal. Me encuentro con el primer hola que me dijiste y tardo un poco, pero logro encontrar él te amo que me gritaste bajo la lluvia cuando te dije que yo te amaba también. Contempló el techo y veo todas las cartas que nos dedicamos, los libros que leímos y los sueños que teníamos formando nubes que no se dispersan al final. Subo las escaleras que al pisar tocan nuestra melodía especial y llego al pequeño pabellón donde bailábamos como las estrellas de Van Gogh jurándonos eternidad, al centro nosotros en una escultura con nuestra piel de mármol transformada en carne. La admiro y siento como tú alma y la mía se conectan por lo que yo sentía como algo infinito. Aprecio este momento paz antes de que la tormenta llegue. Respiro. Exhalo. Respiro. La tristeza vuelve y toda la luz desaparece. El silencio se apodera de la música, las cartas se queman, la risa se vuelve llanto y el tiempo se desfigura para que pueda ver las grietas que surgen antes de rompernos. Siento como el frío y las lágrimas invaden mi piel. Estoy lista para caer. El mar sobre mí, empujado por un museo lleno de ti, demasiado pesado para alguien que ya perdió sus ganas de vivir. Me preparo para despertar y cierro los ojos, pero algo inesperado pasa.
—Déjame ir— Tu voz que tantas veces reverberó dentro de mi ahora parecía salir de una nueva puerta que se cernía sobre mi entre las gritas del pabellón.
—¿Todo era perfecto, no es así? — Respondí algo confundida por este cambio de dirección en este sueño que siempre terminaba igual.
—Nada nunca lo es— Me contestó con esa horrible voz cortante con la que me hablaba cada que no estaba de humor.
—¿Qué fue lo que nos pasó? — Pregunté con la garganta llena de nostalgia y verdad.
—¿No recuerdas lo mucho que dolió? Te estás muriendo por algo que ya pasó— Me respondió mientras la puerta se abría y se marcaba el inicio del final.
No tengo tiempo de pensar. Todo se derrumba. ¿Cómo algo que sigue doliendo puede tener un final? Mis piernas me obligan a correr hacia la puerta y sé que es solo un sueño, pero me da igual, necesito respuestas, te tengo que encontrar, escucho tu voz y lo único que puedo hacer es dejarme llevar.
El ruido de unos platos rotos me hace reaccionar. Estoy en el cine. Sin embargo, no uno normal. La pantalla está por todos lados formando una circunferencia que encierra todos los asientos. La ausencia del ruido me hace pensar en el silencio. Estoy en el centro. Claustrofobia. Todo es oscuro hasta que mi asiento comienza a girar en su lugar, la película de nuestra pelea aparece e inunda mi mente de recuerdos que me obligué a olvidar. Esa vez no hubo palomitas. Vamos a ver la nueva película de Tarantino y tú estás lleno de celos por los ojos curiosos que ocasiona mi vestido verde favorito. Regresamos a casa para que me cambie. Llegamos tarde a la película. La lluvia te empapa de regreso. No hay comida en casa. Platos cayendo, tus reclamos surgiendo. El asiento gira más rápido y el silencio es remplazado por tus gritos y mi llanto. Algo me rompe en dos, una bofetada seguida de un golpe al estómago. Corro y me alejo de ti. Pero tu vuelves por mí con esas palabras que arreglan todos los platos rotos del mundo. La película termina. Tu voz y la mía se vuelven una entre el sonido estéreo de las bocinas.
—¿Por qué lo hiciste? — le digo a la nada entre lágrimas.
—Porque te amaba— su voz suena como un recuerdo.
—El amor no debería de doler— dice mi mente en automático.
—Pero aun así lo hace— me responde en un susurro y yo cierro los ojos.
Ahora estoy ante la puerta de nuestra habitación y una certera sensación de verdad cae sobre mí. Hace unos meses encontré las notas secretas en tu abrigo, un labial que no era mío y unos aretes que nunca recibí. Decido dejarlo ir porque aceptar la verdad es más doloroso que alejarme de ti. Llego antes a casa emocionada para contarte que me ascendieron. Subo las escaleras que tocan nuestra melodía al avanzar, pero algo va mal, las notas no suenan igual. La manija está helada, abro la puerta y una tormenta con la fuerza de un huracán cae sobre mí. Es solo el sueño de un recuerdo, me digo cuando empiezo a llorar, pero si algo aprendí estos días es que el dolor no distingue entre el tiempo y espacio. Tus manos que antes me abrazaban ahora están sobre ella, la besas con los mismos labios que usas para decirme te amo, la forma en que te ríes sobre su pelo me recuerda tu risa sincera por mis chistes malos y tus ojos brillantes la miran como si ella fuera la cosa más hermosa que jamás hubieras visto. No digo nada y solo te observo amar a alguien más. Quiero creer que no es verdad. Quiero creer que mis ojos se equivocan y me quieren engañar. No sé cuánto tiempo pasa hasta que te das cuenta de que estoy parada frente a ti. Salgo corriendo y deseo que tu corras por mí, grites, me pidas perdón, recojas los pedazos de mi alma y los vuelvas a unir ¿el amor es la fuerza más poderosa del mundo no? puedo hacer que pase, me convenzo, pero cuando me volteo al igual que esa vez, tú no estás tras de mí.
Camino sin rumbo con la soledad como acompañante y me doy cuenta entre soliloquios que no sé dónde estoy. Me perdí y no logro encontrarme. El miedo se apodera de mi mientras recorro los oscuros pasillos de mi mente; quizás me perdí con el primer te amo o con aquel engaño ¿Y si solo fueron las lluvias de marzo? Hace tiempo que dejé de oírte, estoy a punto de rendirme, volver por el pasillo y dejarme caer en vez de seguir con este confuso sueño. Pero a lo lejos veo un jardín lleno de vida, flores y pequeños pájaros volando libres que llama mi atención. Me acerco y veo la estatua de una chica que está congelada en su dolor, encuclillada sobre el piso, llorando y abrazando la forma de alguien que ya no está. Por un momento me olvido de ti y me enfoco en la chica. Me acerco para ver el rostro de aquella pobre alma y no me sorprendo cuando veo mi cara. Sus labios comienzan a moverse y yo me siento en aquel jardín junto a mí.
—Mírame. Sin poder moverme, sin poder avanzar, sin poder volar. Solo viendo al mundo moverse mientras me quedo atrás. Se que te duele, se que lo extrañas, se que si fuera por ti regresarías el tiempo y harías lo posible para quedarte igual. Pero el cambio y el caos son esenciales para la vida, no puedes aferrarte a las cosas sin marchitarte con ellas. Mira alrededor toda la belleza que te rodea, la libertad y posibilidades del futuro. Nadie más tiene la obligación ni el de recoger los pedazos
de tu alma y volverlos a unir — Me dice con una dulce voz mientras comienzan a surgir paredes diáfanas llenas de pequeños y grandes recuerdos de mi vida alrededor del jardín. Sonrío porque el salón huele a mí, una mezcla de galletas y mantequilla de maní. En un vitral todos mis logros, incluyendo la universidad y ballet. Volteo al techo y veo todos los deseos que le pedí al alba mientras mis sueños e ideas se vuelven realidad. Mis libros en grandes estanterías organizados con mi meticuloso sistema. De fondo mi música repitiéndose dependiendo de mi estado de humor. Una pequeña sala con botes de palomitas reproduce mis películas favoritas. En la orilla, un balcón que da vista al mar me recuerda las veces que canté, bailé y reí al amanecer. Todo se vuelven parte de mi mientras como chocolate y me miro en un espejo observando la belleza de mi ser.— No necesitas de alguien más para escuchar de sinfonías, para sonreír por escuchar tu risa al despertar, tu esencia es suficiente para llenar mil museos y más. No busques más donde escapar, enfrenta tu dolor, a veces la única forma de seguir adelante es aceptar que todo tiene un final—.
Abro mis ojos y despierto feliz.
Autora: Natalia Domínguez Herrera Alumna de Comunicación de 1er. semestre – 3er. lugar en el 1er. concurso de cuento corto Con tinta Anáhuac






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