
Un álbum de Beyoncé nunca es solo un álbum. Las imágenes que precedieron al lanzamiento de Cowboy Carter fueron sobre la recuperación cultural. Y de paso, hay una referencia a la fría recepción que tuvo en los Country Music Association Awards, allá por 2016, cuando interpretó su canción «Daddy Lessons», apoyada por las entonces Dixie Chicks, conocidas disidentes del género country. La artista se ofendió justificadamente ante la idea de que una mujer negra no pudiera reivindicar el género más estadounidense. El desaire inspiró una investigación de años sobre las raíces negras de la música country. Toda esa investigación terminó en una especie de rechazo juguetón, «Este no es un álbum de country», decía el comunicado, «Este es un álbum de ‘Beyoncé’».
«Cowboy Carter» es solo eso, para bien y para mal. En el álbum, Beyoncé quiere recordar a la Beyoncé como una niña de Texas nacida de un padre de Alabama y una madre de Luisiana, que con frecuencia invoca estos estados natales, en sus letras, como una abreviatura de su biografía. Pero el álbum resalta la singularidad de la artista, su distancia no solo del público estadounidense sino del resto de la industria musical. En esta oportunidad, Beyoncé asume el papel de estandarte para los estilos musicales marginados de Estados Unidos: la música de raíces, el blues y el folk entre otros, los cuales nos presenta pulidos hasta el brillo. Y su mejor instrumento, esa voz, que no conoce límites. En conjunto, es un espectáculo ejecutado a una perfección salvaje, tan declarativo y definitivo que a muchos ha dejado sin palabras.
Porque Beyoncé es Beyoncé, la suprema de su generación y algunas otras, y todavía hay mucho que hablar de ella.






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