
He dejado pasar un tiempo para hacer una reflexión más clara sobre este tema, y es que, al ser parte de la comunidad Anáhuac, donde constantemente hay muchas personas que destacan por en diferentes ámbitos, es muy fácil perder la dimensión de lo que cada uno de esos logros representa en la vida particular de los galardonados y de los que les rodeamos.
Sin duda, es un orgullo inmenso ver a una alumna como Ángela Elena Olazarán Laureano, del primer semestre de Ingeniería en Tecnologías de la Información y Negocios Digitales de esta Universidad Anáhuac Veracruz, recibir un reconocimiento como el Chegg.org Global Student Prize 2024. Este premio, otorgado a la mejor estudiante del mundo, la destaca entre miles de candidatos por su proyecto Ixtlilton, un asistente médico virtual basado en inteligencia artificial que ya es capaz de diagnosticar 21 enfermedades a través de preguntas orientadas.
Cada premio y cada logro que ella ha alcanzado desde 2021 es fruto de un esfuerzo enorme: primer lugar en el concurso Nacional de Robótica del CONALEP, medalla de plata en la XXVII Olimpiada Veracruzana de Informática, título de Mejor Estudiante de México en STEM (Science, Technology, Engineering y Maths) y hasta la iniciativa de reunir estudiantes de diferentes planteles del CONALEP para construir un dron limpiador de playas y ríos. Este reciente reconocimiento, entregado en Nueva York durante la Asamblea General de la ONU, le otorga también una recompensa económica de 100,000 dólares, que ella ya ha decidido invertir en una noble causa: la creación de un aula STEM en Veracruz para inspirar a muchos otros jóvenes.
Al ver el alcance de estos logros, uno no puede evitar sentir un profundo respeto y admiración. Sin embargo, me encuentro reflexionando sobre lo que realmente implica alcanzar este tipo de éxito a una edad tan temprana. Es fácil aplaudir el brillo de alguien que llega a la cima, pero a veces olvidamos que detrás de esa luz hay una persona joven que, como todos nosotros, enfrenta sus propias dudas, miedos e incertidumbres. En el caso de Ángela, estamos hablando de una adolescente que, además de su talento, está asumiendo una serie de responsabilidades que pueden resultar abrumadoras.
Es natural que queramos celebrar sus éxitos y decirle al mundo que una de nuestras estudiantes es la mejor del planeta. Pero ¿qué sucede cuando las luces se apagan y la presión de cumplir con expectativas tan altas se vuelve pesada? Ganar un premio tan prestigioso no solo implica un reconocimiento, sino también una responsabilidad. Hay una presión implícita de mantenerse siempre a la altura, de no defraudar a aquellos que la miramos con admiración y de no cometer errores, como si la perfección fuera el único camino para continuar en el éxito.
Aquí es donde creo que recae nuestra responsabilidad como su comunidad y como individuos que formamos parte de su entorno. No podemos caer en la trampa de poner a cualquier joven que logre un triunfo en un pedestal tan alto que se sienta obligado a permanecer ahí sin fallas. La vida, y especialmente la vida académica y profesional, es un recorrido lleno de altibajos, y nadie está exento de cometer errores. Nosotros, como su comunidad educativa, su familia y sus amigos, tenemos el deber de brindarle un apoyo genuino, tanto en sus éxitos como en sus momentos de duda o de tropiezo.
Los premios son importantes, pero no debemos olvidar que estos logros no definen por completo a quien los recibe, no define su persona. Los estudiantes siempre serán dignos, más allá de sus éxitos; son jóvenes con sueños, con intereses, con momentos de incertidumbre y con derecho a equivocarse. Acompañarles significa estar ahí no solo para aplaudirles cuando suba al escenario, sino para sostenerla si en algún momento llega a bajar, si alguna vez tropieza o si necesita una pausa. Ser el mejor del mundo puede sonar extraordinario, pero también conlleva una presión que puede ser difícil de sobrellevar sin el apoyo adecuado.
En este sentido, llego a la conclusión de sentirme profundamente comprometido a brindarle a mis estudiantes el impulso para que desarrollen sus talentos, sino también una red sólida de apoyo emocional y humano que los proteja en todo momento. La educación es un proyecto de vida, es la apertura de los horizontes trascendentes que una persona hace a otra persona, y aunque es nuestro deber alentarlos a que alcancen sus máximos potenciales, también es fundamental que sepan que su valor no depende de un premio o de una medalla, sino de quienes son como personas.
Ser un referente de inspiración para muchos es una gran responsabilidad, y estoy seguro de que tanto Ángela como otros alumnos lo seguirán siendo. Pero como su comunidad, nuestra misión no puede limitarse a celebrarla en sus éxitos; debemos ser conscientes de la carga que implica un reconocimiento de esta magnitud. No podemos exigirle que siempre esté en la cima sin ofrecerle a cambio un lugar seguro al cual recurrir cuando necesite descanso, apoyo o simplemente sentirse acompañada en su humanidad.
Estamos llamados a comprometernos para asegurar que nuestros alumnos no se sientan solos en este camino, que su bienestar sea siempre una prioridad y que sepan que tiene a una comunidad lista para respaldarla y entenderla. Porque al final, el verdadero éxito no solo se mide en premios y reconocimientos, sino en saber que siempre habrá personas a su alrededor que están ahí para sostenerla, para escucharla y para recordarle que su grandeza va mucho más allá de cualquier galardón.






Deja un comentario